Varios 16 de septiembre de 2022

Facundo al otro lado del río

Crónica
Facundo al otro lado del río

I

Hoy, por ejemplo, no me voy a callar.

Creo que he visto una luz al otro lado del río.

Hace dos semanas les repetía a mis amigos —a mis dos amigos, mis dos únicos amigos en La Habana— que yo solo quería enamorarme. Ellos adoran mi azotea, y una noche en que seguro hablaban de mascotas o de lo caros que están los cigarros, de cualquier cosa cotidiana e intrascendente, mientras observaba los carros en el semáforo de 23 y Malecón, pensé cuánto deseaba enamorarme a secas. Enamorarme a secas, sin confesarlo nunca, llegar solo hasta esa parte donde sonríes sin motivo. Un amor adolescente, platónico, hormonal.

II

Facundo tiene apellidos que ahora no recuerdo. Tampoco importan. Nuestra conversación trascendía las dos veces que habíamos coincidido en espacios físicos, las dos veces envueltos en la nocturnidad habanera. Lo conocí a la salida de la Fábrica de Arte Cubano (FAC), ese sitio donde compruebas que las artes pueden convivir sin menoscabar ninguna factura. Cuando sales de FAC no quieres irte a casa, aunque La Habana no suele ofrecer opciones atractivas a los desvelados.

Recuerdo su primer tema. Después de montarnos junto a unos amigos en un rutero amarillo, esperar en la entrada del King Bar a que se liberaran cinco soberanas capacidades e invitarme a bailar para —nada más y nada menos— verter "por accidente" un vaso de Cuba Libre sobre mí, me dedicó toda una disertación acerca del sistema político en Cuba; lo resumo más: sobre que aquí, al final, nadie se muere de hambre.

Esa noche iba a hacer un chiste que de seguro a Facundo le caería pesado. Pero ahora, la hoja en blanco soporta todo. En Estados Unidos suelen llamar al trago Cuba Libre como "JaJa". ¿Por qué? Cuba Libre, jaja. Humor muy negro, muy poco rojo. No hice el chiste. Escuché. Escuché sin asentir, pero con la plena convicción de que sus palabras eran ciertas y me daba mucho coraje que la confusión ideológica actual no me permitiera ver la situación tan clara como la veía él, que apenas llevaba dos semanas en Cuba. Justo las dos semanas en las que yo repetía a mis amigos "quiero enamorarme a secas".

Y mientras lo escuchaba sentía sonar la alarma en mi cabeza: "Cuidado, ten mucho cuidado". Facundo se parece al libro "Madame Bovary", y no quieres terminar en el círculo vicioso de comentarios sobre la humillación y el amor. "Cuidado, ya no eres una adolescente con angustias y sin ningún plan".

Aunque Facundo toque esas angustias.

III

Anoche me visualizaba mientras escribía este texto. Cuando tienes la primera oración, el resto fluye, o debe fluir. Entonces me siento frente a la página en blanco y parece como si una amnesia repentina hubiera borrado toda idea fortuita que hasta hace unos minutos estaba desperdigada en la almohada.

Como la página en blanco duele en los huesos, decido hacer una gimnasia matutina. Abro y cierro cajones. Veo que queda muy poco comino. Me pregunto si en los robots de cocina también hay que introducir los condimentos en pequeñas porciones. Me pregunto incluso si el aparato desprende ese olor extasiante cuando se sofríen las especias. Miro el mar, o la reminiscencia del mar que me alcanza desde mi ventana. Siento el aire en mi cara. Hoy es frío, pesado, y el silencio igual.

Escribir se parece a defecar: solo así no habrá cinismo, ni doble cara, ni falacias de palabras rimbombantes y dulces. Solo yo con mis ideas, yo que siempre he sido arbitraria, idílica, pasional, que me someto a la página en blanco a diario, aunque no tenga nada que decir —pero siempre todos tenemos algo que decir. Porque la infertilidad solo es para quienes no ven, o para quienes nunca lo intentan.

IV

Cuando me echó el trago encima me volteé enfadada. No sabía que había sido él. Entonces pude ver sus ojos mansos, como un niño que rompe una vajilla muy preciada y debe contárselo a su madre. Cuando hizo silencio en las afueras del King Bar, porque le dije que tenía deseos de llorar, me agarró la cara y me dijo: "No llores, por favor", y ahí volví a ver sus ojos mansos; y me enamoré.

Me enamoré porque quería hacerlo, y desde luego empecé a fijarme en aquellas pequeñas cosas. En que de seguro parecí muy ignorante con tanto silencio: en sus desfasados brackets con ligas transparentes que solo ahora puede pagar; en una calvicie poco brillante y en mis ganas de tocarla; en un perfume acolchado, suave, casi natural y tan lejos de ser el olorcito a "yuma" —odio esa palabra, pero extranjero dice muy poco, dice menos—; y en ese acento que sin decir "che" ni "vos" ni "boludo" te adelanta que es de Argentina pero que ha viajado mucho a España, o, como supe después, que ha vivido en España.

Me enamoré porque siempre prefiere la izquierda, porque ha visto la película "Diario de Motocicleta" once o doce veces y me gusta la gente que se obsesiona y no se avergüenza de sus guilty pleasures.

Sin saber que yo vivo por la música, me habló de la canción de la película: "Al otro lado del río", del trovador uruguayo Jorge Drexler. Él mereció el premio a la mejor banda sonora en los Oscar y no pudo cantarla en la gala. El mainstream de la estupidez decidió que la interpretara Antonio Banderas. Por eso, cuando Drexler subió al escenario a recibir el galardón, en vez de dedicarlo a cuanta gente hubiera intervenido en la producción, pedir la paz mundial o el cese de los robos de cerebro, entonó unos versos, así nomás, para no debérselos luego. Me enamoré porque me hizo cantar frente a él, un desconocido, unos versos de mi canción favorita de Drexler.

(…) Que en un rincón de la Rioja/ Movió el aspa de un molino/ Mientras se pisaba el vino/ Que bebió tu boca roja/ Tu boca roja en la mía/ La copa que gira en mi mano/ Y mientras el vino caía/ Supe que de algún lejano rincón/ De otra galaxia/ El amor que me darías/Transformado volvería algún día/A darte las gracias (…)

V

Y llueve.

Y tomo un poco de agua.

Y escribo: "Hoy, por ejemplo, no me voy a callar". Contradiciéndome a mí misma, cuando deseaba enamorarme en secreto, como si el éxtasis pudiera ser solo mío, privado, íntimo. Mirar a los demás no es tan difícil como mirarse a uno mismo, y la realidad tiene incorporado un rigor muy grande. Escribir, ese acto mayor de frustración al que nos sometemos quienes vivimos de la escritura.

Hoy, semanas después, descubrí que es imposible enamorarse a secas. Tal vez mis amigos ya lo sabían y cuando se los conté no me hicieron mucho caso y siguieron hablando de mascotas y de lo que les gusta mi azotea. Ahora, con ese secreto, me siento leve, un poco feroz, arbitraria. He conocido a un chico argentino. Creo que he visto una luz al otro lado del río.

VI

Me enamoré de su vida mitad forastera, mitad arquitecta. En la primera viaja sin medida hasta parajes como Islandia para obtener, por ejemplo, unos siete segundos en video de cómo una cascada baña el arcoíris, mientras él en el borde observa, graba, se siente parte de todos los lugares a donde va. Quizás no pertenece a ningún sitio. La segunda mitad lo convierte en arquitecto con un trabajo de agencia que le permite tener en casa un robot de cocina y también viajar, por ejemplo, a Islandia a ver cómo una cascada baña el arcoíris.

Ese trabajo de oficina también le permite venir a Cuba y ver —lo contaré como él me lo contó, pues yo nunca he ido al Memorial en Santa Clara— cómo se cuela un haz de luz que ilumina la estrella roja de la boina del Che Guevara que reposa justo encima de sus restos. Allí, en medio de tanto frío artificial, casi llora. Me gusta la gente que se obsesiona, y que no es tibia ni trivial.

Me enamoré porque me dice, a ratos, "recuerda que a mí también me colonizaron" y a pesar de vivir en Europa no es un extranjero que viene a Cuba como colonizador a estar entre tibios coterráneos (de sus muchas tierras) en los hoteles de Varadero. En cambio, prefiere intercambiar con Bárbaro, un maestro retirado que trabaja como guía del museo de San Isidro, cerca de Trinidad.

Bárbaro, según Facundo, "es un tipo muy coherente, sin pelos en la lengua para decir lo bueno de la revolución y, como pocos, desde una perspectiva sin sesgos políticos". Bárbaro ve el futuro muy negro y aseguró que la falta de inteligencia política llevará al pueblo cubano a un estallido social si no cambian las cosas. Facundo espera que se equivoque, y yo también, por el bien de los míos.

VII

Hoy, a dos meses de su partida, me imagino al argentino viajando en coche —léase con el más español de los acentos— todas las mañanas rumbo al trabajo que paga su renta en Alicante y sus viajes, un empleo que de seguro ya no tomará con tanta responsabilidad ni esquematismo como antes de venir a Cuba.

También me lo imagino vendiendo el robot de cocina para darle de comer a algunos niños de Zimbabue; no sea que otra cubana intrusa ose juzgarlo como cuando Maradona preguntó al Papa por qué no vendía todo el oro del Vaticano para erradicar el hambre en África. Además, lo imagino tatuándose todas las islas que ha visto, en su brazo izquierdo, siempre a la izquierda, siempre al otro lado del río.


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