Varios 22 de junio de 2021

Jesús Barciela y el batiscafo de la memoria

Emprendimiento Entrevista

“¿Cuánto tiene que permanecer un vidrio en el mar para que no corte?”, se preguntaba el niño Jesús Barciela en la Gibara de los dorados ’70, mientras exploraba las costas de su pueblo natal e inspeccionaba los despojos que la marea descargaba a sus pies. Él tuvo una infancia anfibia: vivía a la mitad entre el agua y el campo. Iba todos los días al mar. “Era un entretenimiento por sí solo; aparte de bañarse en la playa, explorarlo”. A medida que crecía se aventuraba en lugares más hondos, en un tiempo que ni se soñaba con un snorkel o una careta.

Siempre le llamó la atención recoger lo que devolvía el mar. Gibara es una zona de recalo, hasta droga han aparecido en sus predios, así que había cuantiosas sorpresas que encontrar. “Era maravilloso observar qué le hacía el mar a los vidrios, a la madera”. Solo al entrar en circulación la divisa en los ’90 pudo ver una Coca Cola, una manzana. Antes, los tantos envases de plástico, ahora tan comunes, eran un tesoro para los muchachos en su época. “Llegué a coleccionar un montón”.

Después intentaba averiguar qué era cada objeto. No había Internet, pero se las arreglaba para desmontar su historia, a veces al conversar con los viejos de Gibara. Con épica, me narra la vez que se encontró una botella con una postal. El niño gibareño común la hubiera guardado después de exhibirla como trofeo a los otros. Jesús no, él dominaba el inglés desde chiquito y le respondió al muchacho que había lanzado su mensaje al océano.

“Se llamaba Erick Coursen, de Nueva York, me contó que había escrito la carta cuando tenía 16 años y en el momento donde lo contacto andaba por los 20.”

Jesús visitó las casas más antiguas de Gibara y descubrió mucha historia gracias a las antigüedades. Conversó con sus habitantes y algunos, incluso, se volvieron sus amigos, como Morena García. “Pasaba por casa de Morena a diario, me tomaba un té en una porcelana austriaca y escuchaba un tocadiscos con Frank Sinatra”.

I

Al llegar, envié un mensaje a los fotógrafos: "paredes verdes, reja y puertas blancas, número 189 con tiza a la derecha". Me recibió Jesús. Del cuello le colgaban dos piedras: coral rojo y cristal de plomo azul. Llevaba pulseras en las manos y, en el antebrazo, una triqueta tatuada —un nudo celta para la protección y el crecimiento espiritual— aún con los bordes rojos. "Siéntate donde prefieras", me dijo.

Le pregunto por su hija, pues escucho los sonidos de la pequeña desandando por la casa. La niña llegó hasta la sala y me miró extrañada, se volvió brava hacia el padre y se fue. Salió corriendo mientras me colocaba en un asiento que luego supe era estilo Luis XV. En la sala de Jesús Barciela te trasladas a otra época.

Observé muchos relojes de pared, muebles coloniales, una estufa de madera, una Venus de porcelana —según él, una pieza anormal para la época que pretende recrear—, una tarja rescatada del hotel Saratoga de Holguín, un tocadiscos, varios bastones en el cesto de las sombrillas, un plato de porcelana japonesa, cuadros de los años '40 enmarcados en una especie de plástico similar a la bakelita y una vitrina con antigüedades.

Jesús no solo tuvo una infancia en una Gibara repleta de misterios —tanto en los zaguanes de las casas antiguas como en el oscuro fondo del mar—, sino también un taller literario en la biblioteca del municipio. Nunca ha vuelto a ver una organización como la de aquellos poetas que trabajaban a diario. Cuando se acercaba un concurso nacional, se reunían para analizar las obras y pensar como equipo los trabajos individuales. "El ego no existía, se trabajaba la poesía de cada uno, pero cuando era para un concurso el taller era implacable".

Escribió y devoró montones de poesía. Se sumergió en el romanticismo adolescente y los enamoramientos platónicos de la mano de Neruda, Benedetti, Cardenal, Gelman, Elliott, Rimbaud, Keats, Whitman y Borges. También se obsesionó con Roque Dalton.

II

Cuenta Jesús Barciela que en la literatura de los ’90 se recurrió a las metáforas, “pues nadie se atrevía a decir las verdades por su nombre. Este estilo alegórico a favor de la libertad de expresión mediante la literatura, que prendió dentro del núcleo de una joven intelectualidad, la neutralizaron con rapidez después de un tiempo de estricta censura”.

No me mira a los ojos mientras rememora. Sus palabras, algunas incluso escapándosele en otros idiomas, son un pasaje para la máquina del tiempo. Un vehículo que, cuando estás encima de él, resulta muy difícil apearse, pero mientras más dure el viaje mayor será el peligro de no poder regresar.

Jesús sostiene un machete Legitimus Collins.

Cuenta la historia de un cuento suyo que más o menos se resume así:

"Un árbol en el parque de Holguín quería vivir las estaciones. No entendía que el verde es a lo mejor que puede aspirar una planta. Prefería ponerse amarillo, color del cielo en las tardes, ver cómo se sentaban los enamorados debajo de él y dejarle caer sus hojas en el otoño, y en el invierno verse desnudo y que los vientos lo atravesaran. El resto de los árboles del parque decidieron absorber el agua de aquel árbol mediante las raíces, porque mientras menos consumiera experimentaría algo muy parecido a su anhelo. Mientras el jardinero del parque regaba todos los árboles en las mañanas, estos acercaban las raíces al que quería vivir las estaciones. Luego, sus hojas se tornaron amarillas y lo abandonaron por el viento, los pajaritos que hicieron sus nidos en otras ramas, también. El jardinero se percató que la planta se moría y desentonaba con todo el verde radiante del parque y sencillamente, lo cortó en nombre de la unanimidad".

Conversamos mucho de lo que sería otra entrevista: “los problemas políticos en la Universidad en el contexto de los revoltosos ‘90”; y lo que representó el ambiente santiaguero en su destino.

En medio de esa debacle estaba su cuento. “Quizás ahora le hubiese sacado dinero pues el movimiento de la diversidad está en boga. Era un cuento sobre la diferencia y autobiográfico, siempre lamenté vivir en un eterno verano. Con toda la mierda bucólica de mi adolescencia, yo andaba por lo inglés”.

Le pregunto dónde se encuentra el texto ahora. “Al mandarlo a un concurso se reunieron conmigo, pues asociaron mi metáfora a las grandes verdades del momento. La censura se hizo radical. No me devolvieron el original”.

III

Los santiagueros son muy patriotas con su terruño, no en vano la llaman la Ciudad Héroe. Me cuenta esto como preámbulo a una anécdota sobre el coleccionismo. Su tono es jocoso, aunque se percibe cierta tristeza en el fondo.

“Hicieron una recogida de bronce para una estatua de Antonio Maceo y la gente donó lámparas Tiffany, esculturas, objetos de valor, etc. ¡Una recogida tan preciosa para fundición!”

Como parte de sus prácticas laborales, a Barciela le asignaron traducir a Jim Henderson, líder de un grupo de inversionistas canadienses que había llegado a la Universidad de Oriente. Allí conoció a otro de los inversionistas, un colombiano que traía consigo catálogos de antigüedades.

— Soy un apasionado de las antigüedades.

— ¿Conoces la ciudad? — le preguntó.

— Sí, como no — respondió el joven Jesús.

Prefirió no contarme lo que estaba haciendo para sobrevivir en el Periodo Especial, antes que el colombiano-canadiense le propusiera 300 dólares por hacerle un directorio. “Me dejó varios cuadernos. Catálogos de mueblería, sobre todo; y escultura decorativa, un libro sobre los bronces y las calaminas francesas en el S.XIX.
“En Cuba, el eclecticismo era muy acentuado tanto en la arquitectura como en la mueblería. Era fácil encontrarse objetos de diferentes estilos y épocas. Aparte, habían surgido ebanistas cubanos que competían con los diseños europeos, haciendo mejores muebles, o más cómodos para el trópico. Así surgió el estilo medallón, por ejemplo”, me explica.

Recorrió las casas de Santiago y quedó maravillado, aunque desconocía el valor real de los objetos que encontraba, tal como le sucedía con los pequeños tesoros que el mar depositaba en las costas de Gibara.

Máquina de coser Willcox (1855).

En Vista Alegre encontró tesoros de los años 40 y 60; y en el centro de la ciudad, en casas casi en ruinas, había muebles que eran verdaderas joyas y esculturas que, irónicamente, se usaban para martillar y aplastar carne.

“Muchas casas tenían artículos que se podían confundir, como reproducciones de moldes de los hermanos Moró, por ejemplo; o imitaciones de piezas de gran escala de Rodin que las hacían en versiones más pequeñas y vasijas de porcelana, terracota, peltre, cosas chinas y francesas…”

Registró más de 150 direcciones de casas que poseían estos artículos y documentó la disposición de venta de sus dueños. Sin duda, Tim mantuvo otros contactos que negociaron los precios y gestionaron los trámites y argucias necesarias para adquirir sin contratiempos todo aquel patrimonio. "Ahí aprendí a distinguir lo valioso y los diferentes estilos", agregó.

Puso en pausa todo ese conocimiento durante un largo tiempo cuando comenzó a trabajar con la AHS y se alejó del coleccionismo. Sin embargo, su pasión por las antigüedades siempre permaneció latente. Prueba de ello fue su intento por rescatar la escalinata de mármol del hotel Ordoño de Gibara, aunque la demolieron en una época en que carecía de recursos para conservar siquiera un fragmento.

“Luego trabajé en la playa como representante y me olvidé para siempre de todo”. Pura mentira.

IV

Cuando se graduó de Lengua Inglesa en 1994, fundó la filial de la AHS en Gibara y regresaron las tertulias. Al no haber espacios públicos disponibles, las reuniones se realizaban en casas particulares. El hogar de Morena García se convirtió en el refugio principal, donde acudían grandes personalidades: Pablo Armando Fernández, José Luis Moreno, César López. "La casa tenía su ángel".

Aunque cree que la censura que enfrentó en la Universidad lo empujó hacia la AHS, había algo más profundo: el arte y la estética nunca lo han abandonado, manifestándose hasta hoy en su gestualidad, su discurso y sus historias. Si bien encontró libertad en la Asociación, esta ya existía en él desde antes, cuando la creación artística y su impulso por rescatar objetos históricos lo transformaron en un viajero.

“Debe ser cosa de los Sagitario el investigar tanto de viajes y no viajar nunca.”

De Gibara “salió por el techo”, en el sentido popular de la expresión, porque se fue dos años internado para la escuela de Turismo en Freyre. Después se arrepintió de dicha decisión, pues era un mundo demasiado mercantil.

“Ahí estaba mi amigo Raúl Prieto, sirviendo platos en un restaurante en las Brisas. Un bar atípico, pues los mismos dependientes eran artistas y agarraban a cada rato un instrumento y a cantar”.
Llegó el momento donde todos se fueron en bandada porque se saturaron. “A través de Alexis Triana y de Conchita Casals, la otrora directora del Teatro Lírico, se gestionó que me quedara en la Casa del Ballet en Holguín, pero después el Lírico tenía que usarla y fue un problema. Viví allí con todos sus fantasmas y pisos alfombrados de rojo”.

Era el inicio de la década de los 2000 y empezó a dirigir el Teatro Eddy Suñol en la cabecera provincial. Él se autonombra “el fantasma del teatro”, porque dormía sobre siete lunetas en la cabina de audio. Por la mañana abría su oficina ubicada en el segundo piso y contemplaba las primeras luces del sol y los primeros transeúntes del parque Calixto García. Su administración no necesitaba custodios, él era suficiente para resguardar el inmueble. No obstante, arquitectónicamente el teatro mostraba decadencia y hubo que cerrarlo. Los días de dormir en el piso acabaron al adquirir una casita en Holguín, en la calle Miró, donde comenzó su vida. “En Miró comencé a coleccionar”.

V

Una melodía suena desde una esquina. Proviene de un reloj musical que reproduce el mismo timbre del Big Ben. Entonces, me habla sobre su fascinación por los relojes.

“Hace años le caigo atrás a uno de cuco, pero no me lo quieren vender. Tiene la cajita de un cuco Selva Negra, una región de Alemania que se hizo famosa por la construcción de ese tipo de relojes.”

Las preferencias de Jesús son eclécticas. Con su convicción de haber vivido varias vidas, los anhelos y las búsquedas permanecen guardados en algún lugar especial —el inconsciente, el alma— y nunca se pierden.

Él me invita al cuarto de las colecciones. Caminamos recto por el pasillo hasta la primera habitación a la derecha. Siento la energía de todas las personas a quienes pertenecieron los objetos que ahora tengo delante. El aire se torna denso; la luz, tenue; y la perspectiva se vuelve circular, como si mirara a través de un cono.

“Preguntabas por mis preferencias. Los vidrios azules, las botellas, la cerámica antigua que no sea porcelana, lo rústico, lo relacionado con la evolución de la tecnología creada por el hombre: micrófonos, tocadiscos…”.

Me muestra uno de los años 70 y otro de 1938, de cajón, además de victrolas de pie y de mesa. Aunque confiesa que nunca se queda con ninguna de ellas, pues siempre se las cede a un coleccionista de victrolas de la ciudad.

“La idealización del ambiente vintage es distinta a la realidad, porque somos un producto de nuestro tiempo y nos ha venido un montón de nostalgia en sepia. Cuando me topé con un disco de vinilo por primera vez y lo puse en el tocadiscos, mi mente, acostumbrada a los formatos de audio digital, se puso a buscarle defectos”.

Cada vez que compra un radio y lo repara, al encenderlo, sintoniza invariablemente una emisora que transmite una canción de época. "No hay nada más terrible que agarrar un radio de 1930, prenderlo y que te salga un reguetón".

“Solo los enciendo el domingo de 6 a 9 de la mañana, horario donde radian Memorias de Radio Rebelde. Es encomiable la tarea de rescate de los archivos de esa emisora”.

De todo lo que ha coleccionado, prefiere lo náutico, especialmente los instrumentos de navegación, por su vínculo con Gibara. Me muestra un astrolabio, una rosa de los vientos, varias brújulas antiguas —incluida una de barco del siglo XVIII—, un timón de galeón, el aspa de un avioncito del '33, faroles y plumas de capitán. "Para tener un camarote completo me falta el ojo de buey de bronce".

El placer lo encuentra en el hallazgo de piezas originales, importantes en su contexto. Entre los escombros del Saratoga encontró una tarja que ahora toma de un ventanal. “Me llevó meses descifrar que se trataba de una compañía de seguros de varios tipos, sucursal de la North British and Mercantile fundada en 1809. Antes de ser hotel el Saratoga fue la ferretería La Llave, pero anterior a eso había oficinas de seguro mercantil”.

VI

La red de coleccionistas de Cuba se ha trasladado a las redes sociales. Los gremios son diversos: filatélicos, numismáticos y los trainspotter (personas cuyo hobby es observar trenes y locomotoras de juguete). También están quienes coleccionan porcelanas —tanto funcionales como vajillas o decorativas como estatuas—, antigüedades náuticas y armas de mano. Las armas de fuego están prohibidas: mientras que en el resto del mundo no es necesario declarar las anteriores a 1840, en Cuba no está permitido coleccionar armas de ningún tipo ni época.

“He tenido arcabuces de chispa, de pedernal, y no he podido quedármelos nunca. Todo coleccionista en Cuba evita las áreas calientes. No nos metemos con obras de arte valiosas, ni con las armas ni nada relacionado con el patrimonio del país”.
En La Habana y Trinidad está permitido tener tiendas de antigüedades; aquí en Holguín, no. “Ahora puede que esté permitido, pero habría que llamarlas de una manera distinta, porque no es una actividad que existe dentro de las que se pueden hacer. Así es que yo tendría que fundar un bazar para luego, bajo tal mote, comercializar y adquirir antigüedades.”

Pipa Adyin que constituye una réplica de las usadas por el cantante Nat King Cole.

Todo esto está sujeto al asunto político en primera instancia. Casi siempre las revoluciones tienden a destruir cada vestigio del proceso anterior, me explica. “Casi todos los carteles de Coca-Cola que me he encontrado, están llenos de tiros; a los murciélagos de las fachadas en los edificios de la ronera Bacardí se les notan los martillazos.

"Hubo un periodo de intervención que mermó el patrimonio privado de las grandes casas. Mucha gente salió de Cuba con el triunfo de la Revolución bajo la certeza de retornar una vez. Las casas burguesas quedaron al cuidado de sirvientas sin una idea del patrimonio. Algunas, incluso hoy, permanecen muy fieles y no se deshacen de los objetos de los dueños originales, aunque estos hayan fallecido. El coleccionismo se mueve en estos límites. No ha podido ser más abierto, porque se criticaron los ambientes decorativos de los años '50, como si los que se interesan en los artículos de esta época quisieran recrear y darle un glamour a esta etapa de dictadura sangrienta para Cuba".

En la actualidad, los nuevos ricos no se preocupan por arte ni estética. De alguna manera adquirieron estatus de poder y ahora pueden darse determinados lujos. Esta premisa me lleva a indagar acerca de lo que sería el mayor conflicto de una pieza artística tanto para el coleccionista o amante de las artes como para el creador: su comercialización.

"El arte no está en la agenda de los nuevos ricos, porque gastan todo lo que tienen en comida, o en un carro, uno de sus pocos placeres, y en un hotel. Cuando deben decorar un hogar, lo repletan de electrodomésticos. No hay un interés estético que mejore su vida desde el punto de vista cultural. Si los artistas no le pueden vender a estos nuevos ricos, puesto que a ellos no les interesa el arte, se le debe vender a los interesados que puedan reunir el dinero. Ese es el mayor problema que ha persistido durante el avance de los periodos de colección. El primero se desarrolla en la Cuba Republicana; el segundo, hasta 1993, cuando irrumpe la moneda extranjera en el país y luego el CUC: ambos invirtieron los paradigmas estéticos y fijaron precios en un mercado informal; y el último periodo, la actualidad".

El extenso contacto que Jesús ha tenido con el estudio de las épocas históricas lo ha convertido en un perito. Las personas acuden a él para resolver sus dudas, y junto a Liset Ballester administra el grupo Antigüedades Holguín en las redes sociales. Cuenta con motores de búsqueda especializados en coleccionismo y una red de personas online a quienes ayuda a resolver sus inquietudes sobre Cuba.

Para autentificar una pieza, se basa primero en la lógica. Recientemente le consultaron sobre un cuadro de Víctor Manuel y otro de Rembrandt. Sin necesidad de verlos, supo con certeza que un Rembrandt en Cuba es imposible. Si existiera, estaría documentado en algún catálogo. Los lienzos varían según la época, la pátina del tiempo es distintiva y estos elementos ayudan a determinar la antigüedad. "Nunca vas a toparte en Cuba un cuadro que se salvara de los interventores en alguna casa de gente rica, no documentado en catálogo y que llegue a tus manos".

En segundo lugar, hay que conocer de los estilos de los diferentes periodos. “Nada racional puede ser de los años ’40. Un estilo de bastón reconocido en fotos de los que se usaban entre los ’50 y ’60 y que lo tenga un bisabuelo de los 1900 es imposible. Esta estufa debe ser de los ’60. Si es una pieza de valor, debes poseer la autenticación y la provedance, en español, procedencia”.

VII

Acaban de llegar los fotógrafos. Jesús no los conoce, pero les estrecha la mano y los invita a pasar. Con mucho respeto, preguntamos si podemos fotografiar el cuarto de las antigüedades. Él responde sin dudarlo: "Está oscuro, evalúen las condiciones y adelante". Mientras los muchachos realizan su trabajo, contemplo la posibilidad de convertir su proyecto en un museo. El atractivo sería incomparable por la autenticidad de las piezas que allí se encuentran.

A Jesús lo conocí hace mucho tiempo, en Gibara, durante el entonces Festival de Cine Pobre. Visité su casa con la banda que habían fundado los Prieto. Sentada en una terraza, mientras tomaba café, conversé con él y con Liset, quien vigilaba de cerca a la niña en el coche.

Lo fascinante de su personalidad —porque los matices nos hacen únicamente humanos— es cómo logra integrar sus rigurosos estudios de Historia del Arte con su profunda convicción en el halo energético que nos envuelve a todos y nos hace caminar circunscritos a una esfera de luz que posee flujos positivos y negativos.

Ya habíamos coincidido antes en la sección Batiscafo que él conducía, en una peña donde tocábamos fondo junto a una generación de jóvenes y no tan jóvenes unidos por una misma causa: el arte. Batiscafo es la referencia mística de sí mismo.

Es de Sagitario, tal vez, confiar en la energía y en la palabra como forma más potente de accionar. Por eso, los objetos que colecciona Jesús son purificados de la energía de sus dueños originales, ya sea enterrándolos para que la tierra lo devuelva a su estado neutro — o seco, como el árbol — ; o mediante el humo que expulsan hierbas secas encendidas al mismo tiempo que se le habla a la pieza: “Yo te te despojo de tus cargas pasadas”.


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