Roly Berrío en La Casa de la Bombilla Verde.
Yo sabía que sus pelos eran ensortijados y negrísimos, sus manos ágiles como pétalo de guitarra, su guitarra caoba con cuerdas de acero y su voz grave y enconada, ideal para el choteo subversivo que siempre compartía con su público en El Mejunje. Aquella tarde-noche en Santa Clara lo había visto entre una multitud de 300 personas. Sin embargo, años después, en El Chismecito, uno de los bares más placenteros de Matanzas, tuve a Roly Berrío a un brazo de distancia.
—El tipo que invente un silenciador para las licuadoras será millonario —comentó el trovador santaclareño durante una de sus tantas pausas forzadas por el ruido del electrodoméstico que preparaba mi piña colada.
Sin embargo, aquel background de la mezcladora que subía desde el primer piso se entrelazaba con los acordes melódicos y el coro en el segundo piso del Chismecito: "no aplastes la cucaracha, que ella quiso ser persona…". La guaracha se fundía con la esencia misma del bar, donde la cuestión no era asistir a un concierto formal, sino disfrutar de unos tragos acompañados de buena trova: simple, hermosa y etérea.
¿Cuánto puede ayudar un bar al fomento de la música de pequeños formatos? ¿De qué manera los negocios cuentapropistas pueden crear una programación cultural alternativa a la que ofrece el Estado? ¿Hasta qué punto el beneficio sería mutuo para ambos actores: músicos y emprendedores?
En realidad, varios establecimientos, tanto estatales como particulares, han invitado a músicos para realizar peñas esporádicas, pero esta no es una práctica sistemática en el sector no estatal, mucho menos holística e integrada a la conciencia empresarial. Lo común, al menos en los bares de Holguín, es mantener un repertorio grabado algo diverso, pero siempre limitado a la música popular del momento.
La tendencia apunta hacia el reguetón desmedido, a veces a volúmenes insoportables. Todo esto en lugares donde la gente va a compartir y socializar con su círculo, y con Kimiko y Yordy de fondo sonoro, la conversación apenas fluye. La música de fondo no puede ser un simple relleno.
No significa que deban eliminarse estos repertorios de consumo, sino que se alternen con variantes de música en vivo de diferentes géneros. Así se puede atraer a público diverso según sus preferencias musicales y, por qué no, también educar el gusto con las propuestas locales.
Para los artistas, el beneficio sería doble: por un lado, tendrán la oportunidad de generar ingresos adicionales más allá de sus programaciones habituales establecidas a través de la Empresa Comercializadora de la Música y los Espectáculos, lo que les brinda una mayor independencia económica y flexibilidad en su desarrollo profesional. Por otro lado, y no menos importante, estos espacios alternativos les permitirán contribuir de manera significativa al desarrollo cultural de la localidad, enriqueciendo el tejido artístico de la comunidad y creando nuevos puntos de encuentro para los amantes de la música.
El cantautor holguinero Norberto Leyva en concierto en el Bar-Karaoke "Nueve musas" / Liset Ballester.
Para los bares, esto generaría una sinergia única: una comunidad leal y comprometida que se forma y crece naturalmente alrededor del establecimiento. Esta fidelización se construye a través de un recurso mucho más efectivo y duradero que cualquier campaña publicitaria tradicional: la cultura. A diferencia de otras estrategias de marketing, la cultura crea conexiones emocionales entre el establecimiento y sus clientes.
Para crear una programación cultural alternativa, primero hay que evaluar los fondos disponibles para contratar talento artístico. Después, considerar la disponibilidad de bandas de pequeño formato, solistas e instrumentistas. Así, quizás con la guía de un asesor, se puede diseñar una programación variada de géneros musicales distribuida a lo largo de la semana.
Es imposible no mencionar los bares temáticos: estos tienen un potencial único para la música en vivo. A menudo vemos decoraciones bien pensadas desde la identidad de marca, pero con ambientación musical anacrónica. Por ejemplo, un local con decoración art decó donde la música disonante roza la contaminación acústica.
Espero no tener que salir de Holguín para encontrarme con músicos talentosos en el mismo espacio donde disfruto una piña colada. Al final, poco importa si las notas afinadas se mezclan con el zumbido de una batidora. Eso último se olvida o se convierte en un recuerdo entrañable.
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