Recuerdo que la vigésimo séptima edición de la Fiesta de la Cultura Iberoamericana, celebrada en la ciudad de Holguín, centró su atención en una temática significativa: "los pueblos y al arte de resistir". No obstante, después de haber tenido la oportunidad de participar activamente en la diversidad de sus eventos a través de transmisiones en streaming, he llegado a la conclusión de que el enfoque principal se dirigió, de manera más específica, hacia aquellos pueblos que, ya sea por una convicción ideológica o por las circunstancias que los obligan, se encuentran en el proceso continuo de aprender y perfeccionar el arte de la resistencia.
La resiliencia, especialmente cuando la analizamos en el complejo contexto posterior a la pandemia, no se presenta como un concepto reconfortante ni como una característica naturalmente integrada en el tejido social y cultural de las naciones del sur global. Estas sociedades se encuentran cada vez más fragmentadas, atrapadas en una intrincada red de vestigios coloniales persistentes, una guerra cultural en constante evolución, y un deterioro progresivo de las condiciones de vida en medio de un panorama económico desafiante y lleno de incertidumbres.
En este contexto, resulta especialmente relevante retomar y profundizar en mis anotaciones de aquella conferencia pronunciada por el escritor y ensayista cubano Abel Prieto Jiménez, quien en su rol como presidente de Casa de las Américas, participó en el Congreso de Pensamiento Iberoamericano. Su intervención se fundamentó en la premisa de José Martí: "de pensamiento es la guerra mayor que se nos hace", una reflexión que adquiere nuevas dimensiones en nuestra época contemporánea.
En su análisis exhaustivo, Abel Prieto abordó temas que resultan no solo sensibles sino críticos en la actualidad: la inevitable y creciente omnipresencia de las tecnologías digitales en nuestra vida cotidiana, con especial énfasis en el impacto transformador de las redes sociales, así como los estereotipos predominantes que se reproducen y amplifican a través de la poderosa industria hegemónica del entretenimiento global.
Esta guerra cultural contemporánea se manifiesta y se enorgullece de promover una globalización fundamentalmente informática, que tuvo sus orígenes en la industria cinematográfica y que ahora se ha expandido y diversificado en el vasto entorno digital. Se nos presenta una inocente invitación a mantenernos conectados, bajo la premisa de estar nutriéndonos del conocimiento que fluye libremente y coexiste con nuestras opiniones individuales en este universo virtual. Sin embargo, esta seductora invitación oculta una realidad más sombría: representa la puerta de entrada a un imperio digital de control y dependencia, un espacio donde las redes digitales pueden convertirse en instrumentos de escarnio público, transformándonos en verdugos y condenados, manteniendo una falsa sensación de felicidad mientras desarrollamos una dependencia cada vez más profunda.
Las utopías iniciales que rodeaban el surgimiento y desarrollo de internet se han ido desvaneciendo, según señala con preocupación Prieto Jiménez, quien además nos alerta sobre la naturaleza perversa que pueden adoptar las redes sociales: se han convertido en un espacio paradójico donde los usuarios experimentan una conexión superficial y una desconexión emocional, mientras albergan y promueven una diversidad infinita de ideologías y sistemas de creencias que, aunque coexisten en el mismo entorno virtual, permanecen segregadas y polarizadas.
A pesar de esta evidente segregación ideológica y social, resulta imposible negar o minimizar la omnipresencia e influencia de estas plataformas digitales en la sociedad contemporánea. Es preocupante observar cómo, mientras "el neofascismo encuentra en las redes un terreno fértil para reclutar a sus adeptos", existe un número significativo de personas que, de manera inconsciente o ingenua, utilizan estas mismas plataformas para erosionar y dilapidar sus valores fundamentales y virtudes esenciales.
En este contexto desafiante, la combinación de voluntad inquebrantable, virtud consciente, valor auténtico y una comprensión profunda de la vida se presenta como la clave para resistir y no sucumbir ante los aspectos más oscuros y manipuladores de las redes sociales. En cambio, estos principios nos permiten transformar estas herramientas en instrumentos para compartir y celebrar nuestra autenticidad y cotidianidad. La utilización consciente y estratégica de estas plataformas se convierte, así, en una manifestación contemporánea de resiliencia cultural.
El presidente de Casa de las Américas profundizó en su análisis señalando cómo los sofisticados algoritmos que impulsan las redes sociales más influyentes en el mundo occidental no solo promueven activamente los estereotipos asociados con el consumo capitalista, sino que además contribuyen a un proceso gradual de deshumanización, a través de la replicación sistemática de los estándares establecidos por los usuarios que han acumulado mayor influencia en estas plataformas.
Entre estos patrones de comportamiento y pensamiento, el estereotipo que ha alcanzado mayor predominancia es la dicotomía simplista entre ganadores y perdedores. En esta narrativa reduccionista, el ganador se define exclusivamente por su capacidad de acumulación material y monetaria. Los promotores de esta visión intentan convencernos de aceptar una máxima perversa: "El dinero no hace la felicidad, la compra hecha". En contraposición, el perdedor queda relegado a una posición secundaria, caracterizado como aquel que no logra destacar bajo los reflectores del éxito material, ignorando la paradoja de que, al igual que el violinista cuya ausencia silenciaría la orquesta completa, su contribución resulta fundamental para el funcionamiento armónico de la sociedad.
Esta es la realidad en la que nos encontramos inmersos: un sistema global que prioriza y glorifica la formación de individuos destinados a ocupar posiciones de liderazgo y prominencia, mientras descuida sistemáticamente el desarrollo de la capacidad para encontrar satisfacción y plenitud en roles menos visibles pero esenciales. El sistema educativo y social carece de herramientas para enseñarnos a aceptar nuestra naturaleza prescindible individual mientras celebramos nuestra contribución al colectivo, a encontrar satisfacción genuina como parte integral de un todo mayor. Las redes sociales, lejos de ayudar a resolver esta problemática, exacerban estos desafíos fundamentales relacionados con la descolonización mental y la construcción de una identidad auténtica.
Vivimos en un mundo donde nos educan para ser los primeros, los líderes, los influyentes, pero no para sentirnos cómodos y felices en nuestra segunda línea del coro. El futuro se desvanece ante nuestros ojos, consumido por estas dinámicas destructivas. La resistencia se prolonga indefinidamente, transformándose en una lucha por la preservación de nuestra humanidad.
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