Autores: Roberto Ráez y Dénise Montero
―Cuando niña, trepé a un árbol y vi cómo las hormigas subían y bajaban. Se me ocurrió que una de aquellas hormigas se había caído del árbol, se había roto una patica y un médico hormiga le había puesto una prótesis de palo. Las demás sabían cuándo ella venía por el sonido. El resto de la historia no la pude continuar por la risa de mi tía al imaginarse una hormiga con una pata de palo.
Ya habíamos hablado antes de la entrevista y quedamos fascinados con ella. El día siguiente prometía. Llegamos temprano, siguiendo la premisa de que "la noticia no espera al periodista". Dos grabadoras y una cámara nueva. La reunión aún no había terminado. Algunas (muchas) colillas en el suelo evidenciaban el nerviosismo. Con un ademán de actriz nos indicó que podíamos acercarnos. Al fin con la estrella.
Era imposible tomarle fotos mientras hablaba, había que escucharla. Norma Arencibia tiene la juventud multiplicada por tres, o por cuatro. Comenzamos como todos: por los orígenes en Velasco, recordó el campo, un estado de felicidad casi bucólico, la familia humilde, la historia de esta gente sin historias.
Cuando niña había una radio grande que sus padres compraron con muchísimo esfuerzo. El artefacto convivía con ellos en un esquinero, como un familiar más...
―Me encantaba porque al atardecer nos sentábamos a escuchar los episodios, las novelas, las noticias, la música. Incluso pensaba que las personas que hablaban por la radio vivían dentro de ella y me asomaba por las rendijas para verlos. Mis primeros libros de cuentos vivos, como les comencé a decir, fueron los dos primos hermanos de mi abuelo. Les encantaba contar cuentos.
Pero el gran maestro de mi vida, quien marcó para siempre un sueño y una idea que emprender, fue Félix Varona Sicilia. Aquel hombre sencillo, de pueblo, sin una cultura académica ni grandes conocimientos científicos, soñaba con hacer de Velasco un lugar hermoso.
Ella siempre quiso ser artista, nunca dejó de leer las revistas de moda y farándula que llegaban a la casa... y aunque conocía la vida de las grandes actrices de Hollywood, no pensó nunca llegar a los escenarios. Vivía en el campo y debía estudiar...
―El Arte era el juego más serio que conocía en aquel momento: mi vocación era la música y la pintura. Me encantaba dibujar a claroscuro, sobre todo paisajes. Una vez, entré en la librería del círculo social que luego sería un teatrito y vi un libro de entrevistas de Juan Marinello a pintores abstractos.
No sabía nada de pintura abstracta, pero me interesaban esas conversaciones. Pregunté el precio del libro y sentí que alguien exclamaba: "¡qué voz para el teatro!". Era Félix Varona, que se pasaba el día a la caza de jóvenes y no tan jóvenes que pudieran servirle para el teatro.
Después vine para Holguín a estudiar en la Secundaria Básica. Ya aquí hice una prueba de lectura. Félix se quedó muy contento con mi personaje de la mujer en "El oso" y me escogió. Mientras más ensayábamos, más me aterraba. El estreno se acercaba y el entusiasmo de Félix y el equipo era cada vez mayor.
Nunca olvidaré la sensación que tuve cuando miré al público: parecía que había estado en un lugar así otras veces. Me sentí segura hasta que abrieron las cortinas. La obra inició, y llegaron los aplausos y el alboroto; Félix me dijo "vamos para Santiago".
En medio de toda esta batalla le respondí: "esta es mi última obra, tengo que continuar mis estudios". Creo que nunca olvidaré cómo me dijo: "deja que veas públicos grandes y te aplaudan, para que entiendas al Teatro. Después que te vicias, ya no puedes prescindir de él". Con los años puedo decir con completa certeza que sí, el teatro es una droga y no hay cura.
Le molesta la fugacidad de la televisión. Es demasiado cruel dedicar mucho tiempo a asimilar un personaje, buscando dentro de tus fibras lo más auténtico, para convertir lo que está escrito en un ser vivo y que, por un problema técnico, esa escena no sirva; eso en televisión es normal. Hay que ser actor para saber cómo se siente. Lo dijo con la voz algo grave, quizá por el calor o por el ruido. Luego le rogamos hablara del grupo de teatro Duende, de los '80 y los '90, ese que solo conocemos por las películas o por lo que nos relatan...
―Fue un momento importante porque ya en Las Tunas habíamos fundado un grupo de teatro y creía que en Holguín nunca lo íbamos a hacer. El "Duende" surgió en homenaje a Lorca, quien siempre habló más del duende que del ángel. Se fundó. Hicimos giras. En Camagüey fuimos Premio de la Crítica del año '88; pero había una realidad: yo tenía un compromiso doble con el Teatro Lírico. Hacía todos los personajes femeninos en la zarzuela. Le debía toda mi formación profesional y me había casado con Alberto Dávalos. De todas maneras, iba a estar presente siempre que me necesitaran para reponer "La zapatera prodigiosa" en programación.
Norma Arencibia en la Casa de Cultura Félix Varona, de Velasco.
Norma hizo una pausa y el hombre de la mesa de al lado aprovechó para brindarnos un trago. Retomamos el hilo y, aunque no lo pretendíamos, la hicimos referirse a Lorca...
―Hay actores que me pueden gustar más que Lorca, aunque sí reconozco que es el Shakespeare de la lengua española. Lo que es hacer teatro moderno con toda la herencia del Siglo de Oro con una certeza tan grande... Se hablaba del Lorca revolucionario que hizo una barraca. Su genialidad es incuestionable. Jugó un papel extraordinario en su época y es un clásico de todos los tiempos, obligado para todo artista que se respete. También hay cubanos obligados, Virgilio Piñera, por ejemplo. Asimismo, me gustan mucho Darío Fo, José Sanchis Sinisterra, entre otros. Trabajar obras de Darío fue como una cuerda floja, donde no sabes si vas a caer del lado de lo ridículo, lo grotesco o lo sublime.
Dávalos fue la gran pareja, el hombre que más la amó y a quien Norma quiso más. Compartían satisfacciones, no les gustaban muchas cosas que a veces la gente necesita para festejar: su celebración era estar siempre en el teatro. Entonces, no dijo nada más, para mantener la distancia entre lo personal y lo profesional, y continuó con el aparente soliloquio.
―Comencé a aglutinar el talento en Holguín, en los años 2002-2003. Había hecho una selección, la presentamos en la Uneac (Unión de Artistas y Escritores de Cuba) y resultó agradable. Elvia Pérez presidía la cátedra y estaba preocupada porque en todo el país se lograran movimientos de narración oral. Fui al taller y me pidió una selección de la gente que iba quedando, para tratar de dinamizar el encuentro. Le pregunté las reglas de oro de la narración oral: "el cuento debe llevar carga de enseñanza. Puede ser muy gracioso, pero nunca es humorismo. Es un arte". Así nació el encuentro "Cuenteros Picos de Oro".
Para mí el cuento es tan actual como el hombre primitivo, no hay modernos ni obsoletos, así como no existe un modo moderno de contar un cuento. Es imposible transformar la obra de algunos autores porque está hecha para ser contada. El arte de contar es hacer participar a los demás, es comunicación. En el teatro, trabajas para un público y al contar un cuento trabajas con el público.
Luego nació "Palabras al viento" y Fermín, su director, me pidió orientación. En mis horas libres le ayudé a revisar algunos trabajos y le propuse llevarlos a un festival con Mayra Navarro. Además, Bebo Ruiz es un maestro de la narración oral y me aconsejó buscar un sitio que nadie quisiera y ponerle un nombre; así nació "La casita del cuento". Fermín ha logrado materializar esa idea por su trabajo ininterrumpido e incansable, porque es un creador y un gran diseñador.
Nunca hablaría de un panorama teatral holguinero porque no existe. Yunior García es el único que, como un Quijote, ha logrado algo por el teatro en Holguín. Es un defensor del teatro, redondo o cuadrado: si por donde quiera que lo veas tiene esquinas, es un teatrista real; y si es redondo, lo abarcas en un abrazo.
Hasta ahora, Trébol continúa sin una sede y resulta que las obras que son rancias en La Habana aquí implican conflicto. La crítica en el mundo del teatro es obligada, no puede faltarle a ese deber y tiene que mostrar los problemas sociales y humanos eternos. Por eso respeto mucho su labor.
Dijeron que ella es una eterna luchadora y preguntamos por las piedras en el zapato...
―No. Ahora disfruto del resultado de todas mis batallas y sacrificios, que se materializarán el día 16 en Velasco. Le debo mucho a ese pueblo. Delego la responsabilidad del evento en Milton Reyes, que era director del grupo "Girón". Parece que toda mi lucha sirvió de algo. Así cumplo con el sueño de Félix y de Walter Betancourt; este evento servirá de crecimiento en todos los sentidos. Estoy segura de que Fermín fue quien me propuso para la distinción "Casa Iberoamérica", es una gran alegría pues reconoce el trabajo que he desarrollado.
En La quincalla salía del público pregonando, era una actuación memorable. Cuando escuchó quincalla no pudo evitar la sonrisa y la evocación del poeta...
―Una vez, una amiga me dijo: "te hacen falta cosas cortas", y me propuso "La quincalla", un texto de Guillén en su última etapa. En una gala del Teatro Eddy Suñol, atravesé el escenario con esto, que no era un monólogo y que pocas personas conocían, pero tenía toda la musicalidad del poeta. Tratando de memorizarlo me di cuenta de que poseía diferentes ritmos e inflexiones de la voz. Cuando Miguel Barnet la vio, me felicitó porque logró entender que Guillén era además un músico genial.
Al pasar algún tiempo en La Habana, siempre terminaba volviendo a Holguín. Parece que no era el sueño de Norma...
―En la época que empecé a hacer teatro me enamoré de las ideas de Félix, y no tenía la intención de participar en la farándula teatral habanera, para mí tan vacía. El mundo de La Habana no me incentivó. Confieso que en algún momento lo pensé, pero ya tenía a mis hijas y mi esposo, y la capital siempre representó una aventura. Haberme quedado en Holguín me hizo partícipe de una obra única, me siento realizada y eso es lo importante.
Terminamos el cuestionario, "vamos a comer algo" dijo Norma y salimos del patio rumbo a algún café, de los baratos. Preguntó si aún estábamos grabando y le dijimos que no. Entonces la invitación, el 16, en Velasco, por la tarde.
Norma dice que el teatro es una droga y no le gusta la televisión. Tiene una proyección escénica inigualable. Le pedimos unas fotografías, naturales, pero la estrella las posaba todas. Norma es una gran teatrista, quizá la más comprometida: una mujer muy vieja con unas alas enormes...
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