Un rayo sólo detener pudiera El esfuerzo y valor del noble Abdala!
José Martí
“Buenas noches, Dénise, la doctora me explicó que antes de ponerme la primera dosis me sacarán sangre para llevarla al laboratorio. Allí probarán cuántos anticuerpos produje para combatir el virus”.
Este primer audio del niño me iluminó el rostro y, además, un orgullo especial por quienes pronuncian correctamente mi nombre. A sus siete años articula todas las «eses»: dosis, anticuerpos, virus; y demuestra un notable entendimiento del ensayo vacunal pediátrico en el que participa.
Quizás la historia de cada infante que reciba una vacuna cubana merezca una crónica repleta de luz y belleza, pues no existe nada más hermoso que proteger la inocencia en sus estados más puros. Sin embargo, este ser tan especial, como todos los niños a quienes el mundo llena de asombros, lleva por nombre, cruz y lucero, Abdala. Esta coincidencia, que parece obra del destino, nos sugiere que la predestinación y la vida son afluentes de un río invisible.
Cuando Martí se lleva bien adentro
Abdala, el niño de pelo rizo que pronuncia las eses con corrección —no el joven nubio del poema épico del imberbe Martí—, nació en septiembre de 2014. Por entonces, su padre, Yasser Rodríguez Ravelo, trabajaba en la habanera librería Alma Mater, ubicada en la esquina de Infanta y San Lázaro; pero desde antes, quizás desde que su abuelo, siendo niño, le hablaba del Apóstol como alguien que llegó al mundo para hacer el bien, le nació un ímpetu que culminaría en la elección del nombre de su hijo.
Yasser ejerció como profesor de Historia de Cuba en un preuniversitario, donde se vinculó con la Sociedad Cultural José Martí hasta que lo invitaron a trabajar en ella. Junto a un grupo de amigos, creó Plaza Martiana, un proyecto destinado a reunir a los jóvenes de centros educativos y laborales.
“Esto, WhatsApp mediante, quizás se vea literal y sin matices, pero a pie de obra entregamos la vida misma en esa organización”, me enfatiza mientras percibo su nivel de compromiso y decoro. Yasser es un hombre martiano, no solo por haber nombrado a su único hijo Abdala como tributo al Maestro, sino por su convicción plena en la utilidad de la virtud.
Por eso, cuando le pregunto qué piensa del nombre escogido para nuestras vacunas, solo atina a responder: “un recorrido por la historia de Cuba”.
Yasser me confesó algo que me hizo comprender, sin dudas, por qué aquel pequeño de cabellera larga y ensortijada, como Bebé, se llama Abdala: “Al ver fotos del Maestro me dan deseos de acariciarle el rostro y recostar mi cabeza en su hombro”.
Abdala y ese tonto virus
En un hogar construido sobre cimientos martianos, Dayana y Yasser comparten una maternidad y paternidad como las que todos los niños merecen, pues Abdala es un pequeño bondadoso, cariñoso, comprensivo e inteligente, como Bebé.
Dayana Cárdenas Castañeda reconoce que la pandemia ha significado para ellos un tiempo de encierro y cuidado extremo para protegerlo, especialmente a él: un niño acostumbrado a visitar y recibir visitas, a demostrar un afecto, en ocasiones, desbordante.
“Fue difícil que entendiera que por culpa de este tonto Coronavirus —como él lo llama— no se podían dar más besos ni abrazos”, me comenta la madre. Como diría José Martí en Escenas Mexicanas: “La medida de la responsabilidad está en lo extenso de la educación (…)”.
Ambos confían en la medicina cubana, tanto que estuvieron pendientes de los ensayos clínicos pediátricos para incluir a su pequeño. El ensayo clínico Ismaelillo, destinado a certificar la seguridad e inmunogenicidad de la vacuna Abdala en edades pediátricas, se conoce en la capital como «Estudio Meñique». Actualmente se encuentra en Fase I y es promovido por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).
Abdala es uno de los 700 niños de entre 3 y 18 años residentes en La Habana, seleccionados por el Centro de Investigaciones Médicas Quirúrgicas (CIMEQ) para este ensayo.
Dayana y Yasser llegaron al vacunatorio del CIMEQ pensando que vacunarían a su primogénito con Soberana 02. Recibieron un folleto que describía todos los pasos del procedimiento. Fue una emotiva sorpresa descubrir que a su Abdala lo vacunarían con Abdala. Tras investigar los riesgos y beneficios de participar en un ensayo clínico, y considerando que los beneficios son numerosos, firmaron el consentimiento.
El Maestro como cimiento y brújula
Solo un familiar podía acompañar al niño al hospital para evitar aglomeraciones. Yasser lamentó no participar en todo el proceso, pero confía en la universalidad de la obra martiana y tiene la certeza de que todo lo inspirado en el Maestro fructifica.
Dayana, por su formación farmacéutica, conocía sobre las vacunas, así que ella acompañó a Abdala. Varias decenas de niños bulliciosos e inquietos quizás no imaginaban que les esperaban dos pinchazos: el endovenoso y el intramuscular, requisitos del estudio.
El pequeño, no acostumbrado a las extracciones, gritó, pataleó y hubo que sujetarlo durante la toma de sangre. No hubo fotografías del momento; no podía haberlas.
Los médicos preguntaron el nombre del niño y la respuesta les hizo alzar la mirada por encima de sus espejuelos, con una certeza que disipaba cualquier duda: “El niño se llama Abdala Rodríguez Cárdenas”.
El Maestro, con su sabiduría certera, señaló: “Cuando se sea responsable de todo, todavía no se es responsable de haber nacido hombre, y de obrar conforme a lo que aún existe de fiero y de terrible en nuestra naturaleza”. Este jueves 14 de octubre, le correspondió al Noble Caudillo ofrecer su abrazo a la ciencia cubana por tercera vez.
Comentarios (0)
Sé el primero en comentar.