Parecía que sería una mañana común, de aquellas donde tienes toda una agenda de tareas. Sin embargo, con la primera ya te cansas y la procrastinación hace su entrada triunfal. Tanta quietud me asustaba. A veces el río no suena, pero piedras trae. Y así sucedió, y no eran piedritas como las que adornan los collares de bisutería o las que recoges de un río por su rara belleza. Estas eran peñascos: las arrugas de las montañas, la cárcel de Prometeo, la tribuna abierta del Rey León.
Me he acostumbrado a mi aislamiento en el cuarto. Mami me trae hasta el agua cuando tengo sed, bien protegida con la careta y doble mascarilla. Odio decir nasobuco, me suena a propóleo. Cuando me di cuenta de que no cumpliría ni la mitad de mi agenda matutina, me dispuse a reorganizar todo en mi cuarto, ahora convertido en comedor-balcón-patio-casa.
Pasaba un paño humedecido con cloro por los muebles cuando llegó el primer peñasco: «Amigos, falleció el padre de Iris». Hubiese querido pensar «se veía venir» —se los juro—, así, sin sentimientos, pura y dura lógica para que me afectara menos. En su lugar, dejé caer el paño al suelo. Reflexioné, ingenuamente: «¿por qué deben morir los seres que amamos?».
El pasado 4 de agosto, despedí a mi abuela paterna en Moa con la canción que será para siempre nuestra. Réquiem ya no pertenece a Silvio, sino a mí y a ella. Ahora también es de mi amiga, por eso le escribí en el mensaje:
«Disfruté tanto, tanto cada parte/ y gocé tanto, tanto cada todo/ que me duele algo menos cuando partes/ porque aquí te me quedas de algún modo. Estoy llorando contigo, hermana. Sé fuerte».
Hace un par de días ella pedía socorro en su estado de WhatsApp. Necesitaba oxígeno. Cuando lees esas llamadas de auxilio y no puedes hacer nada al respecto, te sientes impotente.
Luego Iris solicitaba bulbos de Rocephin. Unos amigos y yo contactamos a cuanto conocido pudiera asistirle. Después de buscar en todos los grupos de venta, dimos con un especulador, aprovechado e indolente, que vendía todo el ciclo del antibiótico por 14 mil pesos. Pero nada: con el dinero en mano, nunca apareció.
Entre las mortificaciones del oxígeno y el demandado antibiótico, sumado a que el padre de mi amiga pertenecía a un grupo de riesgo por su edad, poco se pudo postergar su muerte. No obstante, quedará siempre la duda de si, reduciendo estos agravantes o teniendo el medicamento a tiempo, se hubiera salvado.
Luego vinieron más peñascos: muere el padre de una compañera del pre, probablemente de solo unos cuarenta años; a mi sobrina de 14 años, que vive en La Habana, le diagnostican COVID; mi mejor amigo acaba de perder el olfato...
La Universidad de Holguín solicita estudiantes dispuestos a colaborar en mesas de información y procesamiento de datos, una especie de puesto de mando ubicado en la Filial de Ciencias Médicas «Mariana Grajales» —una iniciativa valiente y necesaria, como tantas otras que han llevado a cabo en la Ciudad de los parques.
De no haber estado aislada, hubiese ido. Ayudar y ayudarnos es lo único que nos salva. Si quieren saber, el motivo de mi aislamiento es el miedo: miedo a contagiar a mis padres y miedo a que ellos me contagien. Así de absurdo está mi hogar. Ahora la niña del primer piso chilla. ¿El miedo se transmitirá por el aire? ¿Será que vivimos en una doble pandemia?
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