Música 28 de enero de 2023

Habana Ensemble y la noche en penumbras

Música Crónica
Habana Ensemble y la noche en penumbras

La sala no es muy grande y parece enclavada en un sótano. Está iluminada mientras las pruebas de humo inundan todo el espacio, bañándonos a los de la primera fila. El resto del público llega poco a poco. Conversan. Son las seis en punto y continúan las pruebas de humo. Un hombre entra al escenario y acomoda una partitura y un atril —quizás su partitura y quizás también su atril. Lleva en el cuello un arnés discreto, negro como su traje, su pelo, sus espejuelos, como él.

La sala no es muy grande y los laterales permanecen vacíos. En el escenario aparece otro hombre que se sienta al piano y revisa la caja de resonancia, pero no se inquieta —será jazz y puede sonar inacabado, será jazz y debe sonar imperfecto. Luego regresa el hombre anterior y se sienta justo donde acomodó su partitura y su atril, esta vez con un instrumento brillante en las manos: un saxofón alto.

La sala no es muy grande y ahora se desvanece con las luces. El escenario se ilumina mientras entran los demás músicos sin orden aparente, sonriendo, conversando, como si continuaran una charla entretenida tras bastidores. Ocupan sus puestos en la formación ampliada de la jazz band Habana Ensemble. El bajista selecciona la partitura en su tableta electrónica, el baterista se acomoda en su pequeño asiento. Las trompetas, la percusión, los trombones y la flauta se preparan; los saxofonistas humedecen las cañas y prueban las boquillas.

César López aparece de súbito y el auditorio en penumbras se pone de pie a aplaudir. Después, silencio. No toman fotos, miran; no cuchichean, miran. No respiran, miran. Las primeras notas de su saxo soprano brotan y un río de magnetismo atraviesa ojos y oídos, haciendo pedazos las paredes mudas.

Termina ese pasaje, su versión de La tarde, de Sindo Garay. Nos ha dejado acalambradas las encías y las manos rojas de aplaudir. Pronuncia un discurso necesario para expresar su felicidad de pisar nuevamente el escenario cubano —y taconea las tablas con nervios suficientes—, habla de Japón como su segunda patria, y saluda a su amada esposa japonesa que seguramente está entre el público en penumbras.

Esa fue su introducción al concierto y a El tren de Tokyo, una extensa pieza de ritmo marchoso donde por momentos resuena el sonido de una locomotora. ¿Cuándo surgieron estas notas en la mente de César? ¿Existirán en Tokyo trenes con locomotoras ruidosas y antiguas? ¿Habrá compuesto estos arreglos a bordo de uno? No necesitamos saberlo; hay una voz que danza suavemente en el intermedio, un sonido que trasciende el color para convertirse en materia viva.

Entonces, vuelve a hablar y anticipamos el patrón de la noche: charla y jazz, divertimentos de sopranos, barítonos y anécdotas. Presenta una canción dedicada a sus abuelos: FAGO, las iniciales de cada uno entretejidas en un tema dulcísimo, que estremece con las notas iniciales del piano y su interpretación de Descartes —así he querido llamar a su improvisación vocal imitando instrumentos musicales. Nadie puede negar que eso también es canción. Ríos de magnetismo, materia viva. Termina y, de espaldas al público que aplaude, ovaciona a su banda.

Invita a un cuarteto de saxofones de Santiago de Cuba, vestidos de blanco y rojo; interpretan hasta una conga coreografiada con sus instrumentos de viento, esos transpositores por excelencia donde la altura del sonido difiere de la nota escrita. No hay partitura en papel, sino en un pentagrama mental, ejecutado con maestría por los músicos de la tierra del fuego.

Sax Magic Cuartet.

Cuban Sax Quintet.

La noche se presta también para boleros y mambos interpretados por el Cuban Sax Quintet. Llega Me recordarás, o como prefiere llamarla César López: Caprichito, donde predominan el saxo soprano y su voz. También Quédate más, un arreglo suyo elegido para la película sobre Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo. Quédate en la memoria / no te apartes de mi mente, dice la canción, sin saberse una clase magistral contra el olvido y la penumbra.

Cierra con otro tema extenso a ritmo de danzón, nombrado como su provincia natal: Camagüey. Cuando Habana Ensemble emprende una frase musical, desborda cubanía, pero también emerge la fastuosidad del saxofón, convertido en la columna vertebral de esta noche de jazz.

A la salida no evoco a Charlie Parker de los años 40, ni a John Coltrane de dos décadas después, en los 60. En cambio, resuenan las notas de su último solo, el que le pedimos tras concluir el concierto. El que interpretó quizás con los dedos tan hinchados como la campana y el tudel de su saxo soprano. La sala no es muy grande, pero se agolpa un gentío dispuesto a enfrentar la penumbra de la noche exterior.


Comentarios (0)

Sé el primero en comentar.

Dejar un comentario