Música 17 de diciembre de 2022

¿Pintar con manchas no es pintar?

Música Crónica
¿Pintar con manchas no es pintar?

Durante una sobremesa en una casa del Vedado habanero, rodeado del aroma del café recién hecho y la calidez de una tarde-noche de intensas discusiones, compartía mesa con dos amigos músicos y su familia. La conversación fluía naturalmente entre anécdotas y reflexiones sobre el panorama cultural cubano, hasta que nos adentramos en un debate sobre los límites entre el arte clásico y el popular. Una cantante y un violinista de formación académica, ambos con años de dedicación a su arte, defendían apasionadamente sus posturas cuando el diálogo nos llevó al tema de los instructores de arte.

Resulta paradójico que, mientras se busca revitalizar la formación artística mediante la reapertura de la carrera de instructores de arte, esta iniciativa presente una contradicción fundamental: excluye específicamente a los músicos, pese a aceptar a cualquier otro aspirante que demuestre aptitud. Esta decisión, que merece un análisis crítico, podría limitar la diversidad de perspectivas en la enseñanza artística y desaprovechar el valioso aporte que los músicos formados podrían hacer en la educación integral de las nuevas generaciones.

La política cultural cubana es uno de los logros de la Revolución —lo afirmo, como lo dije en la mesa, no como mera consigna—. En su intento por democratizar el arte, nos ha brindado la posibilidad de disfrutar desde una función de ballet hasta un concierto de música urbana, pasando por coros, obras de teatro, conciertos de cámara, exposiciones fotográficas y presentaciones de música experimental.

En Cuba, las fronteras entre lo clásico y lo popular se han difuminado, en gran parte por las formas de consumo masivo. Sin embargo, para un músico graduado de la academia (Instituto Superior de Arte) resulta difícil aceptar que lo clásico, aunque respetado y eterno, ya no siempre encarna lo que erróneamente llamamos "buen gusto". Mientras las élites posmodernas intentan comprender el fenómeno Bad Bunny, las comunidades más humildes permanecen fieles a sus expresiones artísticas tradicionales.

"Sí, Bad Bunny es el ejemplo recurrente", me comentaba Lázaro, el violinista, reconociendo que el dinero y el ocio pueden fabricar música desde cero. No obstante, existen numerosos casos que revelan cómo una producción musical aparentemente "sencilla y banal" puede transformarse en un brillante proceso de asimilación del arte clásico y su adaptación al canon cultural contemporáneo. En Cuba, al igual que Jackson Pollock con sus manchas o Marcel Duchamp con su urinario, tenemos a Habana Abierta.

"Música de hibridaciones con identidades múltiples, cuyas formas se abren al mestizaje, hacen malabares con la sintaxis de los componentes sonoros que la enriquecen y no se dejan reducir a ninguna función única y precisa" (Borges Triana, 2015). Habana Abierta, desde el epicentro de la música cubana alternativa, se estableció como un poderoso movimiento cultural con notable capacidad de evolución y renovación, ejemplificando el potencial transformador de la nueva cultura y su influencia en otros ámbitos.

Me hubiera fascinado presenciar la escena musical de La Habana a finales de los 90, especialmente los momentos que dieron origen a Habana Abierta. Las crónicas narran una época de efervescencia cultural donde músicos como Raúl Ciro, líder de Superávit y figura clave del movimiento, se reunían en las peñas de la esquina de 13 y 8 del Vedado. Aquellos encuentros, que llegaron a contar con un número creciente de integrantes, fueron definiendo el sonido único del colectivo, sentando las bases para lo que más tarde se cristalizaría en proyectos como Habana Abierta, hasta que la trágica muerte de Ciro en 2006 marcó un antes y un después en la historia del movimiento.

En 2005 lanzaron su tercer disco Boomerang bajo el sello Calle 54 Records/EMI, generando un flujo constante de canciones entre La Habana, Miami y Madrid. Corazón boomerang, mi tema predilecto del álbum, ofrece más de cuatro minutos de puro deleite. En la presentación del fonograma, el empresario discográfico Nat Chediak (2005) elogia al bajista Alain Pérez (productor y principal arreglista del CD): "No conozco a otro cubano que —expuesto a la música del mundo— ame más la de su país natal".

Este no es solo un disco profundamente cubano; como obra de vanguardia, trasciende la mera asimilación pasiva de estéticas anteriores. Aprovecha un vasto arsenal de recursos de nuestra cultura: ritmos, instrumentos, armonías y melodías que nutren su esencia.

Mis amigos reconocen estos méritos y disfrutan la música, pero les inquieta que cualquiera en este siglo pueda autoproclamarse músico. Se preguntan: ¿qué valor tienen entonces las interminables horas de estudio, ensayos, solfeo, partituras y la elevación espiritual a través de los clásicos? En definitiva, "pintar con manchas no es pintar". Pero si abandonamos esta postura esnobista y nos abrimos a apreciar lo bello, ingenioso y popular, podremos reconocer a la vanguardia artística y concederle el espacio que merece para dialogar y expresarse.

En última instancia, el arte, sea clásico o popular, cumple su propósito cuando logra conmover, cuando establece un diálogo genuino con su público. La verdadera riqueza cultural radica precisamente en esta diversidad de expresiones, en la capacidad de reconocer el valor tanto en una sinfonía de Beethoven como en una innovadora fusión de Habana Abierta. El desafío no está en defender territorios artísticos, sino en cultivar una sensibilidad que nos permita apreciar la belleza en todas sus manifestaciones, entendiendo que el arte, como la vida misma, evoluciona constantemente.

Al final de aquella velada, mientras nos despedíamos con abrazos y promesas de futuros encuentros, el aroma del café ya se había disipado, pero las ideas permanecían vivas en nuestras mentes. Los músicos volvieron a sus partituras y ensayos, yo a mis escritos, y la vida siguió su curso natural, recordándonos que las discusiones más enriquecedoras son aquellas que nos dejan pensando mucho después de que terminan, como una buena pieza musical que resuena en la memoria.


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