De izquierda a derecha, Héctor "Zeta" Bosio; Gustavo Cerati y Charly Alberti.
Gustavo, en la guitarra eléctrica, nos regala el solo más exquisito mientras canta sobre una chica que duerme entre acordes y un muchacho que anhela soñarla. Él, cual niño ingenuo, confiesa jamás haber sorteado las trampas del amor.
En De música ligera, Soda Stereo —agrupación argentina exploradora de nuevos sonidos, impulsada por el afán creativo de Cerati— encontró la quintaesencia del rock en español.
El inmortal coro es imposible de ignorar. Gustavo canta con alto rigor poético sobre la madurez de quien ha comprendido la esencia del sentimiento. En la mente del muchacho enamorado se desarrollan constantes debates y algarabías amorosas. El personaje evoluciona con el fluir de la conciencia, intentando comprenderse, o al menos a esa versión suya que ya no pudo evadir más las trampas del amor.
El estribillo, que coquetea con el hard rock, nos advierte que algo se ha quebrado dentro del sujeto lírico, sin vuelta atrás. Quizá ocurra lo mismo con quien escucha el tema por primera vez: es imposible quedar indemne.
Enfatizo el alto rigor poético porque esta letra, simple y lozana, surgió sobre cuatro acordes, priorizando que las palabras encajaran con la melodía. Una vez compuesta, la propia banda vaticinó un superhit, una canción destinada a ser legendaria. En 2006, la revista estadounidense Al Borde publicó una lista de las 500 mejores canciones del rock iberoamericano, coronando De música ligera como la número uno. Sin embargo, más allá del genio de Soda Stereo, el arte es inseparable de su contexto histórico: es su producto y, a la vez, tiene el poder de transformarlo.
En 1989, la situación del rock local en Argentina se deterioró debido a una hiperinflación. Las grandes discográficas frenaron su actividad, provocando que varias bandas de pop rock y new wave desaparecieran de la escena nacional.
No obstante, las agrupaciones más resilientes del panorama musical adoptaron un esquema de autogestión para sus presentaciones. Como resultado, el pop en Argentina experimentó un declive hacia finales de los ochenta, y la escena nacional viró hacia los géneros más duros del rock.
En este contexto, y bajo los auspicios de los Estudios Criteria de Miami, Soda Stereo viajó a Estados Unidos en 1990 para grabar un nuevo disco. Esta banda argentina de rock alternativo, integrada por tres talentosos y carismáticos músicos —Gustavo Cerati (voz y guitarra), Héctor "Zeta" Bosio (bajo) y Charly Alberti (batería)—, ya gozaba de gran popularidad en los noventa con cuatro álbumes previos.
El nuevo álbum se titularía Canción animal, considerado por muchos como uno de los mejores del rock latino de todos los tiempos. Aunque es difícil confirmar tal afirmación, tras numerosas escuchas queda claro que no hay una sola canción mediocre en el disco.
Contraportada del disco Canción animal (1990), de Soda Stereo
Lo escucho con cierto desapego a la nostalgia que me provoca Té para tres, la única balada de un disco que abraza tendencias contemporáneas del rock anglosajón underground. Presto atención a cada matiz en la voz de Gustavo Cerati, especialmente en la canción que da nombre al álbum, y siento escalofríos cuando canta "cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor".
Soda Stereo abrió camino a la masificación del rock latino al superar la dicotomía entre rock y pop que tradicionalmente dividió la música popular latinoamericana. Solo por este logro merecen nuestras "gracias totales", la frase emblemática con la que solían cerrar sus conciertos.
Tras Canción animal, la banda guardó silencio por algo más de tres años. Habían elevado la euforia de música ligera a nuevas alturas, y nada nos libra. Y nada más queda.
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